domingo, 26 de abril de 2026

59. ECO (26/04/26)

ECO

Me desperté con el frío de una ausencia que no era solo aire, sino una amputación emocional. Te habías marchado, con poco más que añadir, cortando el vínculo con la precisión de un cirujano que no teme a la sangre ni se detiene ante la súplica del paciente.

Durante las primeras horas, el silencio en mi habitación era tan denso que parecía tener masa física; una presencia que se instalaba en mi ropa, donde tu olor aún libraba una batalla perdida contra el olvido.

Hubo una ligera comunicación, pero no servía de nada. Era solo una sucesión de excusas vacías, frases prefabricadas que intentaban sepultar bajo una cortesía burocrática el hecho de que, hasta hace solo un suspiro, parecíamos el amor que todo el mundo querría.

Es humillante procesar palabras tan pequeñas para la historia tan grande que habíamos construido. Leer aquellas líneas intentando justificar tu huida se sentía como intentar contener el derrumbe de un edificio con un par de gestos de cortesía barata, de material de segunda; o quizás es que nunca supiste decirme que para ti ya éramos de tercera, porque en tu casa te esperaba otra alma.

Es crueldad biológica pretender que mi cuerpo no guarde el instante especial en que ambos nos convertimos en el lugar seguro del otro, sin saber que tenías un desalojo entre manos. Hay una memoria en la piel que no entiende de rupturas radicales ni de bloqueos virtuales; mi hombro todavía se curva involuntariamente pensando que volverás a apoyar en él la cabeza, sigo confundiendo las caras de los extraños en el transporte público con la tuya y las canciones tristes que escucho todavía hablan de ti.

Y tal vez lo que más me quema no es que ya no estés, porque nadie muere de amor, sino la cobardía de haberme negado sin opción una última vez, un último encuentro donde pudieras mirarme de frente y reconocer que esto era una verdad que parecía mentira, o una mentira que parecía verdad.

Al final, el viento decidió soplar de una manera agridulce, justo cuando me empezaba a aburrir del eco de lo que fue y de lo que no será jamás; cuando pensé que quizá ya no tenía sentido seguir escribiendo este relato. El resto, lo escribirán los silencios que dejaste.